Retornar a la ciutat
on vas deixar-hi els anys
curosament plegats
dins els records de l’altra
que és el pedaç de tu
que no viatja.

Mireia Calafell

Costures, Retornar,

Un viaje a Escocia no puede terminar sin pisar Edimburgo. Por lo menos, si el viaje lo hago yo. Y si quien viaja sois vosotros, haríais bien en seguir mi ejemplo.

El tren ha salido de Fort William a las 11:40, dirección Glasgow. El anterior pasaba a las 7:40, y la verdad es que tenía muchas ganas de dormir, así que he preferido vagar una hora larga, casi dos, por la ciudad, que no tener que madrugar y hacer todo con prisas.

No ha sido un buen día para vagar por Fort William. Ha llovido toda la mañana, y a ratos con mucha intensidad, así que, de nuevo, he acabado bien mojado. Pero, la verdad, es que ha sido una buena despedida, la lluvia. ¿Hay algo más escocés que la lluvia? El whisky, tal vez, pero vale una pasta.

The Meadows, Edimburg

Despidiendo Fort William…

He llegado a la estación poco después de las 10 de la mañana, el check-out del hotel era a las 10, y con la lluvia que caía no me he entretenido demasiado. Con una mochila delante y otra detrás, no apetece demasiado entrar en tiendas abarrotadas de souvenirs, y aún menos a las rebosantes de material de montañismo que tampoco necesito. Pero una vez en la estación, y viendo que había de estar más de una hora, he preferido mojarme de nuevo, y he ido a buscar el punto de información que no había visto, por, como mínimo, tener el sello del punto final del West Highland Way.

La he encontrado, la oficina de información. Y suerte, porque en ese momento caía la de San Quintín. Pero, en un momento de despiste de los míos, y tras repasar la tienda de arriba a abajo, me he ido con una camiseta de esas de “I’ve finished the West Highland Way“, pero sin el sello. Mala suerte…

Finalmente, he regresado a la estación quince minutos antes de que llegara el tren, y parecía que la mayoría de pasajeros habíamos hecho el camino. Había muchas caras conocidas: el inglés y su mujer, que la última etapa decidió no hacerla por la lluvia; la Luna, la perra que me había acompañado durante el descenso de Mám Carraigh hasta Inveroran, con su propietaria y la madre de ella; las dos chicas alemanas, que terminaron el camino bajo la tormenta; la pareja que iba justo detrás de mí en llegar, y que también estaban alojados en el mismo hotel que yo; y otras personas con las que no habíamos intercambiado ninguna palabra pero si algún guiño.

… y deshaciendo el West Highland Way en tren

Y dentro del vagón, casualmente, he tenido sentado, al otro lado de pasillo, al holandés y su amigo de Crianlarich. Habían terminado el West Highland Way también el día anterior, y de hecho eran los que me habían adelantado al principio de la etapa. Su amigo parecía más tranquilo. Hemos estado hablando un rato del camino, de la belleza, de la dureza, del clima, de la lluvia, de la gente… El amigo quiere volver, este verano, para hacerlo con su mujer, en cinco días.

White Horse Close, Edimburg

Estaba sentado de espaldas a la dirección del tren, así que me he despedido de ellos y he buscado un asiento que me permitiera viajar de cara. Este viaje de cuatro horas en tren es maravilloso, y una gran parte del trayecto deshace el camino hecho. Primero tira hacia el interior, hacia el este, bordeando Ben Nevis por el norte, dos estaciones después, gira hacia el sur, hacia Corrour, que es una estación con un bar y con un albergue a dos kilómetros a pie o en bici, pero nunca en coche, donde tenía que pasar las dos próximas noches, pero que tuve que cancelar debido a los problemas físicos.

Al poco, el tren entra en Rannoch Moor, y reencuentra el camino a Bridge of Orchy. Desde aquí, le sigue hasta el norte del Loch Lommond, donde se vuelve a separar del camino para bordear el lago por la orilla oeste, para separarse cuando este se ensancha, y seguir por el lado este de Loch Long. Finalmente, este lago se convierte en el río Clyde, el paisaje se convierte en monótono y el tren llega a la estación Glasgow Queen Street, que obviamente es en Glasgow. Allí ha tocado cambiar de tren y comprar el billete hacia Edimburgo, donde hemos llegado en unos 40 minutos.

Las últimas despedidas, en Edimburgo

En Waverly Station, al bajar, he vuelto a coincidir con el holandés. Le he explicado cuatro visitas recomendables en la ciudad, y nos hemos despedido, esperando reencontrarnos el martes viendo el Bayer Münich – Barça. Reencuentro que, finalmente, no acontecerá.

En Edimburgo, la lluvia ha continuado, y no solo a la llegada. De los cinco días que he estado, creo que ha llovido todos los días, aunque solo fuera pocas gotas. Y ha hecho viento, este elemento tanto o más típico en Edimburgo que la lluvia. Y he decidido cortarme el pelo, harto que se me meta en los ojos.

La estancia ha sido diferente. Cogí el alojamiento en Newington, hacia el sur de la ciudad, a unos 35 minutos del centro, a pie y a buen ritmo. Es una zona bonita, que no conocía demasiado: llena de edificios de apariencia victoriana, residencial, tranquila, sin turistas, y con un montón de buses que te llevan al centro cuando no quieres andar. A diez minutos están los Meadows, un parque magnífico, tocando de la universidad. Y también a diez minutos tienes Holyrood Park, 260 hectáreas de parque, con colinas, lagos, acantilados basálticos, Arthur Seat’s, el palacio de la reina, y el parlamento escocés donde pronto proclamarán la independencia.

Y aquí empieza la Royal Mile, que es la arteria del Old Town, el casco medieval e histórico de Edimburgo, donde pasear con calma se convierte en una delicia: entrar en los close, descubrir qué se esconde detrás de los nombres de los pubs, contemplar las vistas que algunas callejuelas esconden de la ciudad … he intentado perderme por el New Town, y he llegado, sin quererlo, en el Royal Botanic Garden, que es uno de mis rincones (de 28 hectáreas) favoritos de Edimburgo.

Royal Botanic Garden, Edimburg

A el castillo solo me he acercado un día, sin entrar. ¿Sabéis a quien me he encontrado? ¡A la pareja de alemanes! Ina y Sebastien. ¡No os podeís imaginar que contentos nos hemos puesto! No pudieron terminar el camino. La última etapa en la que coincidimos hicieron noche en Tyndrum, y al día siguiente siguieron hasta Bridge of Orchy. Durante ese día, a Sebastien le empezó a doler la otra rodilla, así que decidieron volver a Glasgow. Habían estado en Aberdeen, visitaban Edimburgo, y también querían ir a Stirling. Nos hemos dado los nombres, los facebooks, y nos hemos despedido, sin cerrar la puerta a otro reencuentro casual. Esta vez, sin embargo, ha sido el último.

Y también, el último coletazo del West Highland Way.

Galería fotográfica

En Edimburgo me pasaría el día haciendo fotos…