“Es peligroso, Frodo, cruzar tu puerta. Pones tu pie en el camino, y si no cuidas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar.”

J. R. R. Tolkien

El Señor de los Anillos,

En un sistema finito, limitado y siempre corto, como son las vacaciones, Glasgow es la víctima. Y no por demérito suyo, sino porque con Edimburgo a 50 millas, pocas ciudades tienen nada que hacer. La gente tiene la costumbre de no recomendarla, de decir que en Escocia hay lugares mejores para visitar. Permitidme discrepar.

Claro que Glasgow es una ciudad que vale la pena visitar: tiene rincones fantásticos, edificios victorianos inmensos, parques, museos, cementerios y catedral. Y río. Y jardín botánico. Y centros comerciales. Y también edificios modernos. Y un montón de pubs y locales donde han comenzado bandas que se han convertido en mundialmente conocidas, y otras que no aunque son igual de buenas. Es la ciudad donde la gente de Edimburgo se escapa para salir de fiesta.

Pero, empecemos desde el principio.

Fotografía urbana

El principio

Resulta que el día 29 de abril me desperté con mucho dolor de garganta, y con las glándulas aquellas del cuello medio inflamadas. Era el colofón al estiramiento del abductor que hacía casi un mes que arrastraba, el medio estiramiento del otro, y a los pinchazos que de vez en cuando tengo en la pierna por culpa de una periostitis tibial autodiagnosticada.

La situación muy grave no era, seamos sinceros, si no fuera porque dos días después tenía previsto comenzar el West Highland Way.

Pero sí, podía empeorar. Por ejemplo, podía perder el avión. No ha pasado, no os preocupéis, a pesar de mis reiterados intentos para conseguirlo, olvidándome primero el billete en casa, y luego perdiéndolo en medio del duty-free. No era la primera vez que perdía un billete en el aeropuerto. También yendo a Glasgow, aunque aquella vez pasando por Edimburgo. Ambas tuvieron final feliz, pero feliz de los de verdad, sin boda.

 

De Prestwick a Glasgow

En resumen, que no ha empeorado y después de tres horas de vuelo en el aeropuerto de Prestwick me ha recogido un taxista con pinta de ex-estibador al que Margareth Thatcher dio por el saco. El taxista era de Glasgow y del Rangers, dos características que reafirmaban mi teoría de ex-estibador. Otra característica que destacaba en el hombre era su Glaswegian, que es el inglés pasado por el tamiz del Scott (o a la inversa, depende de quien te lo explique), que suelen hablar en Glasgow. Así que los 40 minutos de Prestwick a la city han pasado entre charlas coherentes y aye‘s míos delatando que no me enteraba de nada.

Después de despedirnos con un par de good luck‘s y un apretón de manos, he entrado en el hotel donde pasaré esta noche y la siguiente. Era de los más baratos que encontré. Y se nota: tiene cortinas, sí, todo un lujo en Escocia. Y también tiene un hervidor de agua, una silla que se me ha desmontado cuando me he apoyado y una cama que hace bajada, exactamente como el suelo que lo aguanta. Y tele, eso sí. Nunca entenderé la gente que va a un hotel a mirar la tele.

El río Clyde

Visita tranquila por Glasgow

Ahora ya es mañana y me dispongo a pasar la segunda noche en la cama que hace bajada. Parece que Glasgow, Dios o el destino me ha querido compensar el mérito de haber pasado la noche anterior sobre el colchón con un fantástico día de todo soleado.

Como en Glasgow ya he estado, y tampoco tengo la intención de cansarme demasiado, que los días de caminar comienzan mañana, he dedicado la mañana a seguir el río Clyde, una de las arterias y símbolos de Glasgow y seguramente la más patente la condición de la nueva Glasgow, la ciudad moderna que cambió la industria pesada (con mucho sacrificio de la gente humilde, todo sea dicho (los ricos, ya lo sabemos, no se sacrifican nunca)) por la tecnológica, que limpió el río para devolverlo a la ciudad, y que sustituyó astilleros por torres de cristal. Sea como sea, pasear por el Clyde cuando brilla el sol es un placer, tanto para el relajamiento, como para contemplar la arquitectura de algunos de los edificios más modernos que encontramos a orillas del río.

Finalmente, la tarde la he dedicado al West End, zona con un ratio de turistas baja, y hoy también de nativos. Supongo que la combinación de sol + viernes + festivo el lunes ha animado a los glaswegians a ocupar todas las terrazas del centro. El West End es una zona residencial pero con una oferta de ocio muy interesante y poco masificada. Puedes encontrar un montón de locales y sus respectivas terrazas en la parte esta de los bloques británicos que queda bajo la calle. Música en vivo, grupos extraordinarios, y mucha movida cultural y especialmente musical. Entre ir y volver, una buena caminata.

Fotografía urbana

Pero si es la primera vez que la visitais…

Sin embargo, si es la primera vez que visitáis Glasgow, no os podéis perder el Kelvingrove Museum, el parque que hay justo delante (Kelvingrove park, evidentemente), el centro y sus estaciones y el Ayuntamiento y la estatua de Wellington con el cono en la cabeza y los fantásticos edificios grandiosamente victorianos que pueblan las calles anchas y soleados de la Glasgow que comenzó a despuntar a partir de la revolución industrial, la catedral, la necrópolis, la universidad y el Celtic Park. Y seguramente me dejo cosas.

Mañana sí. Mañana comienza la verdadera razón de todo. A Milnganvie, que los escoceses pronuncian Mulgai, y el resto como podemos.

Galería fotográfica

Las fotos que demuestran que Glasgow vale la pena